Entre mapas viejos, desniveles caprichosos y rastros de antiguas rutas arrieras, tuvimos que buscar —y bastante— para encontrarle el paso a este sector. Desde el Ingenio hacia Las Melosas casi no queda orilla libre: solo rejas y paredones que van cerrando las opciones a cada paso.
La primera mitad es de mucha pendiente, de esas que se sienten en las piernas y en la respiración. Después la inclinación afloja, pero el terreno no perdona: tramos resbaladizos, algún paso semi expuesto y uno que otro trepe que te obliga a pensar cada movimiento.
Y justo cuando el cuerpo empieza a cobrar factura, aparecen las vistas: montañas poco conocidas asomándose entre los pliegues de la cordillera, y más al fondo, los Andes centrales, imponentes como siempre. Simplemente maravilloso.
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