Al llegar al sector de los andariveles Águilas, nos encontramos con trabajos de una constructora que mantiene la zona en intervención, lo que nos obligó a iniciar la ruta desde los estacionamientos. Cabe señalar que los andariveles no se encuentran operativos durante esta temporada.
El ascenso se inició por el filo norte del primer tramo, hasta alcanzar la cruz. Se trata de un camino poco marcado, algo traicionero debido a las huellas dejadas por ciclistas, y con bastante acarreo, condición que, aunque exigente en la subida, se agradeció durante el descenso.
Una vez alcanzada la cruz, nos encontramos con un tramo mas plano, lo que nos permitió reagruparnos y decidir continuar con el segundo tramo, pasando previamente por la laguna Piuquenes, desconocida para varios integrantes del equipo. Desde allí, retomamos el ascenso.
La combinación de la altura y la fatiga acumulada comenzó a hacerse sentir en algunos participantes. Fue así como varios optaron por clavar los bastones en el refugio La Parva y esperar allí al resto del grupo. Si bien en el tramo final se produjo una separación natural del equipo, se confió en que cada uno avanzaria a su propio ritmo y dentro de sus posibilidades.
El descenso lo realizamos todos juntos. Algunos celebraban haber alcanzado su primer 4.000, otros valoraban simplemente el esfuerzo realizado, entendiendo que la montaña muchas veces exige paciencia, y con la convicción de que el objetivo pendiente se logrará en un próximo intento.