La ascensión al Cerro San Ramón fue de esas jornadas largas que se miden más en paciencia que en dificultad. Partimos a las 6:00, con la ciudad todavía dormida, y el sendero nos fue llevando sin sobresaltos, solo sumando kilómetros y horas bajo el sol. La cumbre llegó a las 14:00, como un premio silencioso después de una caminata constante y sin apuros.
Tras un descanso breve, emprendimos el regreso, que se hizo eterno pero amable. La ruta es relativamente simple, sin mayores complicaciones técnicas, pero su extensión pone a prueba las piernas y la cabeza. Finalmente, a las 22:00, las luces de los vehículos aparecieron como un pequeño oasis. Día largo, cerro noble, y esa sensación rica de cansancio que sabe a misión cumplida.