Relatos

El Primer Ascenso del cerro Risopatrón – Traducción del relato publicado en 1937

El Primer Ascenso del cerro Risopatrón

Por Karl Walz

En la antigua carta de Reichert descubrimos un día, al sur del gran Juncal, un cerro con la siguiente inscripción: «Cerro sin nombre, 5750 metros». En las cartas chilenas más nuevas, el cerro equivocadamente apareció nombrado como Nevado del Plomo. Así que lo bautizamos sin vacilar y de forma definitiva con el nombre de cerro Risopatrón como un homenaje al destacado geógrafo y explorador de la cordillera don Luis Risopatrón. Así que ahora el cerro tenía un nombre y era, por lo tanto, necesario acercarse a él y de ser posible llegar a su cumbre, donde nadie había estado. Cabe mencionar que en la nueva edición de la carta de Klatt y Fickenscher del año 1935, el cerro aparece por primera vez con su nombre correcto.

Nosotros, es decir, Sebastian Krückel, Otto Pfenniger y el autor de este relato, como ya se dijo, nos esforzamos en enero de 1935: primero en auto por el Manzano, Maitenes hacia el Alfalfal y a la otra mañana a caballo y mula primero por el valle del Colorado hacia arriba hasta la desembocadura del río Olivares y entonces por el valle de Olivares hacia arriba donde pasamos la noche en el lugar que los arrieros llaman Puesto de las Ramadas. Es digno de mencionar nuestro primer cruce del río Olivares: llegamos a una miserable plataforma inclinada sobre las rocas y que estaba asegurada por cuatro cables oxidados por los cuales la empresa de electricidad habría pagado para que alguien se deshiciera de ellos. Con espanto tuvimos que reconocer que ese invento era un puente colgante que debía llevarnos al otro lado del río. Ese pensamiento lo mantuvimos entre los optimistas seres pensantes y no lo compartimos con los animales. En cuanto el primer caballo desensillado estuvo en la mitad del puente comenzó a sacudir con inquietud sus crines a lo que el puente respondió con una sacudida más inquieta aún y ya estaba el caballo con dos patas atrapadas en las cuerdas mientras las otras dos colgaban en el aire. Como el puente también demostró no ser bueno para ser usado como columpio, rápidamente cortamos las cuerdas y el caballo cayó al agua. El que haya salido ileso todavía es para nosotros un milagro.

La cabalgata continúa por el caluroso, sin viento, cubierto por matorrales valle del Olivares con sus estériles y empinadas laderas. Al atardecer aparece delante nuestro una pared vertical de roca de algunos cientos metros (la Loma Rabona). A la izquierda cae con estruendo el Gran Salto del Olivares, a la derecha hay un glaciar, cascadas que caen en terrazas y empinadas rocas, ¡ese es nuestro primer obstáculo!

Acá ya se ha intentado cuatro veces ascender a la planicie que se encuentra unos 800 m más arriba entre el Plomo y el Juncal, pero no se ha encontrado una ruta razonable, aunque se supone que allá arriba se explotó una valiosa mina. El día siguiente lo dedicamos a reconocer la zona y tuvimos la suerte de encontrar una posible ruta de ascenso.

Temprano a la mañana siguiente salimos del campamento base acompañados por nuestro fiel arriero Exequiel Ortega quien se ofreció a acompañarnos hasta el campamento alto llevando carga puesto que acá lamentablemente no podemos ir con los animales. Después de haber utilizado los escalones que habíamos tallado el día anterior en la ladera y en las rocas y haber ascendido un tramo, vemos que el terreno lentamente se va poniendo más plano y con una vista más amplia. Pronto tenemos bajo nosotros a la gran cascada que teníamos a mano izquierda durante el ascenso y nos alegramos cuando el sol de la mañana produce un magnífico arco iris en ella. Para nuestra sorpresa nos encontramos durante la mañana con una antigua pala, un chuzo. ¡Entonces es verdad que en los meses en que es posible, enero y febrero, un par de mineros atrevidos buscaron su suerte acá arriba!

A la 1:00 montamos nuestro campamento alto bajo la protección de una roca junto a un pequeño riachuelo que creció tanto hacia la noche que tuvimos miedo que nos llevara con él. Ahora tenemos el tiempo para contemplar el paisaje puesto que Ortega ya descendió y nuestro campamento está bien preparado.

En las inmediaciones hacia la izquierda se extiende el enorme macizo del Plomo. Un poco más atrás reconocemos a la derecha la elegante punta del Altar y desde esta cumbre hasta nuestros pies se extiende un imponente glaciar que es alimentado por toda la cadena de la cordillera hasta el cerro Negro y desde ahí hasta las últimas estribaciones de la Sierra Blanca, a la que momentáneamente llamamos así y que se levanta delante nuestro con un cerro glaciado detrás de otro bien por sobre los 5000 m de altitud.

El enorme campo glaciar se extiende a lo lejos hacia arriba, desde donde en el Noroeste el Alto de los Leones nos mira, y es alimentado por un río de hielo con suave forma de S que en el Noreste cae desde las grandes masas de hielo del Nevado del Plomo y el Juncal. Ni siquiera un metro de estas enormes masas, que se extienden por unos 15 kilómetros de largo delante de nuestros, está libre de los puntiagudos y escarpados penitentes que son tan característicos para esta zona. Nosotros nos encontramos al Este en medio de una empinada ladera que consideramos una estribación del Risopatrón.

Desde las 4:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde escalamos al día siguiente por la ladera, pero las insuperables grietas en las rocas nos obligan a regresar. Pfenniger baja al día siguiente al campamento base para buscar más provisiones. El día siguiente lo pasamos los otros dos con un tiempo inmejorable y Krückel incluso encontró una planta en un pequeño oasis libre de nieve que más tarde sería reconocido por los especialistas como un nuevo tipo de flor.

Ahí estamos sentados los dos sobre una roca calentada por el sol y observamos, acompañados por los zumbidos de abejas negras, el pequeño manchón de tierra con flores relucientes que es regado por un riachuelo que cae desde una canaleta. Habíamos estado un largo rato sentados en silencio cuando de pronto veo dos pequeños polluelos grises alrededor de mis pies y de pronto ya hay cuatro. Ocupados, los animalitos que se ven como pequeñas avestruces, corren por el agua, por las piedras, picotean en el pasto; fácilmente uno podría haberlos tomado con la mano. Entonces apareció la madre y en un abrir y cerrar de ojos habían desaparecido los visitantes.

También el día siguiente fue usado como pausa de tranquilidad y aclimatación. Pfenniger llegó en la mañana con deliciosas provisiones.

Para la luna nueva del 4 de febrero salimos a la luz de las linternas a las 4:00 de la mañana. Tras rodear un campo de penitentes, ascendemos rápidamente el Morro que cierra el valle entre el Nevado del Plomo y el Risopatrón y que en la fría oscuridad los grandes bloques de hielo sólo ofrecen un angosto paso entre ellos. Un manojo de rayos de sol ilumina ahora las cumbres del Plomo y del Altar y nosotros avanzamos hacia la empinada arista. Ahora que nos encontramos sobre los 5000 metros debemos hacer pausas con frecuencia, además nuestra arista se vuelve realmente empinada y hacia ambos lados hay caídas abruptas. Luego hay que escalar en roca y finalmente aparecen de nuevo los penitentes de forma que debido a las grietas debemos encordarnos nuevamente. Esto dificulta el avance, más aún porque los penitentes no ayudan a mantener una sola dirección y cuando es posible, entonces el espacio entre ellos es tan pequeño que uno apenas se puede meter entre ellos. Pfenniger, que tiene el honor de ir abriendo, con frecuencia no puede usar su piolet para abrirse un camino y debe usar manos, pies y codos para alcanzar la punta de algún penitente.

Todo el tiempo se ve como que lo viene es mejor y siempre uno se decepciona. Nuevamente estamos delante de enormes penitentes que nos exigen usar toda nuestra fuerza. Yendo a tientas o deslizándose en un agujero, uno debe dar varias inhalaciones antes de poder salir de ahí y una vez que se alcanza la parte superior comienza todo el agotador trabajo de nuevo.

¡Y el campo de penitentes no se acaba! Cerca nuestro, casi al alcance de la mano, se encuentra la cumbre del Risopatrón en su solitaria altitud, sin embargo, todavía debemos transitar mucho tiempo por los penitentes. Hacemos un consejo de guerra. Son las 3:00 de la tarde, si es que no lo conseguimos hoy con el buen tiempo que tenemos, nunca más en la vida vamos a llegar allá arriba, pero ¿encontraremos el campamento al regresar? Estamos todos de acuerdo, ¡arriba, hay que continuar!

La decisión no nos da nuevas energías. Es como si uno obedeciera porfiadamente una orden dada hace tiempo que se cumple de forma desaprensiva. Hace rato que ya no hablamos. Con los guantes hechos jirones y los codos y rodillas machucados escalamos y nos deslizamos y maldecimos y jadeamos con esfuerzo hacia arriba y hacia abajo por los bloques de hielo. Más aún, hay que estar atento con la cuerda a quien va abriendo y en lugar de asegurar cuando él hace un paso peligroso, uno quisiera acostarse y dormir.

En este estado llega nuestra cordada a una rimaya ancha que incluso nos fuerza a descender en ella. ¡Al otro lado, hay que seguir! Bastante apáticos y sin alegría notamos que finalmente se acabaron los penitentes. Tras una hora de intenso ascenso, estamos allá arriba. Estamos realmente sin energía y nos estamos congelando.

Son las 7:00 de la tarde y no tenemos ni tiempo ni ganas de construir un hito de piedra. En lugar de eso, Pfenniger hace como que construye una pirámide, pero se queda en un intento muy modesto. Si yo hubiera estado en condiciones de maravillarme lo habría hecho al ver a Krückel con gran profesionalismo tomar fotos panorámicas desde la cumbre. Al mismo tiempo pensaba con escepticismo si es que las máscaras de cuero que mis camaradas tenían sobre sus caras daban algo de calor.

Apoyados sobre una roca dejamos que las imágenes de la cumbre hagan su efecto sobre nosotros. En medio de ese mar de cerros de nieve y hielo y penitentes alrededor nuestro está el Nevado del Plomo, nuestro vecino más próximo, más atrás se levanta el Juncal y más lejos se extiende un cordón de cerros que culmina en un macizo rodeado de nubes. Es el Aconcagua, su punta se eleva por sobre las nubes. Y toda la cordillera de glaciares que el día anterior hemos visto arriba nuestro, se encuentra ahora, comenzando por el Plomo, debajo de nosotros bajo la luz del atardecer.

Y luego vino la «noche triste«. Justo cuando salimos de los penitentes comenzó a oscurecer. Cansados como estamos y sobre exigidos por los penitentes nos parece muy difícil encontrar la ruta de descenso. Probamos por acá, intentamos por allá, la linterna busca por l arista sin parar; finalmente no hay caso, es demasiado peligroso en estas condiciones intentar hacer malabares junto a un abismo. Nos deslizamos un par de metros más y luego nos acostamos. Rápidamente nos volvemos a levantar, el viento frío es insoportable y buscamos, medio dormidos, un lugar más protegido. No sé cuántos siglos pasaron hasta que lo encontramos; cuando me desperté noté que estábamos apoyados en una empinada ladera de penitentes y que mis compañeros se intentaban recuperar con ejercicios para que sus manos y pies no se congelaran. Agotados, demacrados, sin fuerzas ni ganas nos encontrábamos sobre la ladera tras 19 horas de batalla. Son las 11:00 de la noche y apenas hemos comido algo desde hoy en la mañana. A las 10:00 tomé por última vez té, luego me puse la para nada liviana botella en la mochila, donde a pesar del sol, desde la tarde se quedó completamente congelada.

La gran concentración que nosotros, la mayor parte del tiempo encordados, debíamos mantener a cada paso, para subir y para bajar y así no resbalar y caer en un hoyo entre penitentes arrastrando a los otros, comenzó a hacer su efecto y entramos en un estado de letargo del cual despertábamos repentinamente. «Tenemos que lograrlo» escuché decir en esos momentos a Krückel que comenzó a excavar una plataforma que le posibilitó apoyarse en la ladera y no resbalar por la tierra húmeda. Esa comodidad no la pude tener yo que me limité a estar parado como una marioneta tambaleante y de vez en cuando me sentaba, me frotaba las rodillas, los codos, los hombros. «No hay que dormirse» decía mi compañero a su vecino que se encontraba delante suyo puesto que corríamos peligro de caer por el abismo si es que no nos manteníamos despiertos. A pesar de esto él mismo se durmió.

Tan pronto como uno cierra los ojos lo persiguen imágenes caleidoscópicas en sueños. Con esfuerzo uno vuelve a abrir los ojos: ¡ahora brilla la luna! Todo está claro, se puede continuar. Aunque se trata de luna nueva por lo que el brillo de la luna proviene del resplandor de la nieve en el valle glaciar de más abajo apenas interrumpido por unas rocas escarpadas que nos hacen sombra. Finalmente alcanzamos los penitentes en los que podemos protegernos. «Creo que me voy a volver loco de acá a la mañana» dice uno. «¿Irá a salir el sol?» Me parece un poco pesimista la expresión, aunque con el sol quién sabe. Nadie da una respuesta y nadie la espera. Uno habla al espacio. Pienso constantemente si es que yo dije algo o quise hacerlo o fue otro el que lo hizo. Dos días más tarde me confiesa mi amigo que durante toda la noche me confundió con un compañero caído en la guerra. El otro se preguntaba todo el tiempo de dónde venía tanta gente para acampar sobre la arista (¡eran los penitentes!). Yo mismo me he puesto a hablar largo con un penitente y le dejé claro que debíamos partir. Sin esperanza de pronto me escucho hablar a mí mismo y me sorprende que nos levantamos, nos encordamos y comenzamos a descender. ¿Estoy soñando? Nosotros queríamos, sí, notros queríamos, pero el viento gélido de la arista nos deja sin palabras tras diez pasos y debemos retroceder. Lo único notable fue que un extraño vino en la tranquilidad de la noche a contarnos algo de una cuerda que alguien había dejado. No nos sorprendió que un extraño estuviera ahí, hace frío y está húmedo y los ojos duelen y estamos cansados. Quizás, ¿quién sabe?, el extraño era Pfenniger.

Entonces fui a la cocina y dije: «Necesito dos tazas de café», lo que por suerte no levantó protestas, me senté en el jardín y esperé el aromático y caliente brebaje. Esperé y esperé hasta que Krückel tomó mi brazo y me dijo: «Toma mi reloj, quiero encender un fósforo». Lo encendió y yo no miré el reloj. ¡Daba lo mismo qué hora era!

Voces desde la oscuridad: » Ahora podemos avanzar lentamente. En eso ya no estaba oscuro, estaba comenzando a amanecer, pero en nuestro estado debíamos ir con cuidado y esperamos 20 minutos más. Entonces, ¡nada cómo comenzar a bajar!

Viento frío, cortante, rocas duras, acarreo. A las 9:00 estamos en el campamento, comemos, partimos de inmediato y nos ponemos apresuradamente a disposición de la sopa caliente de Ortega al que alcanzamos a la 1:00. Pocas horas más tarde estaban las ollas vacías. Al día siguiente regresamos a casa.

Traducción: Álvaro Vivanco

Fotos de la expedición:

Artículo publicado originalmente en la Revista Andina 1937: