Relatos

«Randonée en Tierras Bayas», por Gustavo Collados

El esquí de randonnée en Chile está en boga. También llamado backcountry ski, se trata de una forma de acceder a la montaña que no depende de los centros de esquí, ya que no utiliza andariveles.  Se asciende caminando por las laderas nevadas, caminando con los esquís puestos, que llevan instaladas pieles por debajo —antiguamente pieles de foca, hoy de fibras sintéticas–, y,  que al momento del descenso, se guardan lo que permite una bajada  tradicional fuera de pista. Este método permite realizar recorridos emplazados dentro de la naturaleza indómita invernal.  La cordillera de los Andes ofrece un universo de oportunidades infinitas para esta actividad.


Planificamos esta salida como parte de un curso de primeros auxilios de montaña bajo la modalidad WFR (Wilderness First Responder), ya que el esquí de randonnée convive con eventuales riesgos en forma permanente, los cuales se pueden presentar en lugares muchas veces remotos. Escogimos entonces, como campo de prácticas, la cordillera de Colchagua, hacia el Paso Vergara bien adentro por el valle del río Teno, que a finales de junio suele ofrecer mejores expectativas de encontrar suficiente nieve. 

A solo dos semanas de la fecha, supimos que el curso de primeros auxilios no se podría realizar por causas externas.  Si bien todos teníamos grandes expectativas, no nos desanimamos y el plan se mantuvo.  Ya no sería una salida de aprendizaje, sino que una aventura como tantas otras que ya habíamos realizado. Pero eso estaría por verse…


En de la reunión de rigor en la sede del DAV en Santiago, se acordó salir de la capital durante la tarde del jueves, vísperas de un viernes feriado, con el objeto de  aprovechar de esa forma tres días completos en la cordillera. Nos repartimos en tres grupos, que, saliendo en horarios diferidos, lidiaríamos así con los desfases de horario de cada integrante en ese día laboral en la capital.  En el último minuto, uno de los miembros avisó de una fuerte gripe, con lo que el grupo se consolidó en nueve miembros. Se repasaron las condiciones climáticas, las expectativas para la calidad de la nieve, y los equipos de rigor: Arva, sonda y pala, más radios VHF y crampones, tanto para los esquís —se le instalan para ascensos difíciles— como para las botas, en caso de tener que caminar por hielo. Algunos prometieron llevar sus delicatessen para mejorar las raciones de marcha, como los infaltables frutos secos deshidratados en casa, el jengibre confitado, y o chocolates amargos de alto porcentaje de cacao.

La banda estaba compuesta por cuatro mujeres y cinco hombres, todos ya maduritos, de entre 40 y 60 años, que luego de varios inviernos de salidas en conjunto,  estaban ansiosos por comenzar una nueva temporada con esta primera fecha.

Por su gran comodidad, el alojamiento elegido fue el Refugio Tierras Bayas, construido ad hoc para montañistas y esquiadores  por una pareja de jóvenes aventurero-emprendedores, el cual está enclavado en la ladera sur del empinado valle cordillerano del Teno a solo 20 km de la frontera con Argentina. 


El trayecto de carretera en tiempos de hiperconexión fluyó entre podcasts, historias de salidas anteriores y las posibles rutas para recorrer en los próximos días. La última parada en la carretera panamericana nos permitió cargar combustible y partir ya enfilados hacia el Este con los estanques llenos. 

Luego de varias horas de camino, y ya de noche, los vehículos fueron llegando al refugio paulatinamente, debiendo sortear, no sin algo de estrés, con extremada precaución, y algo de maestría al volante,  un tramo complicado de nieve profunda, previa instalación de cadenas. El barro congelado y el hielo del último par de kilómetros, nos hizo transpirar en frío por el temor de quedarnos atascados. La aventura ya había comenzado.

En el refugio nos esperaban nuestros anfitriones con deliciosas pizzas caseras, incluso unas veganas por petición de algunos del equipo.


La primera mañana amaneció con buen clima. Había nevado hace un par de días y las condiciones prometían un gran día.  En un ambiente de camaradería y buen ánimo, los nueve integrantes de la pandilla tomamos desayuno, servido por Maca y Nico, y nos comenzamos a equipar con todos los implementos necesarios. Instalamos las pieles, hicimos el chequeo de los arvas, y comenzamos la caminata de ascenso deslizando los esquíes pendientes arriba.  El primer tramo tenía una cobertura de nieve de unos treinta centímetros, que aún permitía ver algunos arbustos bajos y rocas asomadas, los que pisábamos con nuestros esquíes con cierto cuidado para no maltratarlos demasiado (¡ni a los arbustos ni a los esquís!).  En el trayecto cruzamos varias quebradas que traían algo de agua, a veces con los esquís puestos, otras veces sacándolos para no mojar demasiado las pieles. 

La quebrada de mayor tamaño presentaba dificultades para cruzar, lo que llevó al grupo a intentar el cruce por un puente de nieve. Los primeros cruzaron sin mayor inconveniente, pero con el paso de cada miembro el puente se fue debilitando, hasta que, el último de la fila derribó la frágil estructura, quedando enterrado e inmovilizado, colgando sobre el pequeño riachuelo que corría debajo.  Los compañeros más cercanos acudieron al rescate, avisando por radio al resto sobre el procedimiento, que sin mayor dificultad tuvo un buen desenlace.  Era el primer aviso: a pesar del buen clima,  la montaña siempre trae sus riesgos y dificultades. 

Luego de varias horas de ascenso por una ladera bastante empinada, zigzagueando en la forma tradicional de este tipo de trayectos, con los conocidos cambios de rumbos sorteados con la técnica  del “Paso María”. Este es un imprescindible giro en casi 180 grados, realizado en pendientes fuertes con los esquís,  el cual todos los randoneros dominan. Tiene una cierta gracia propia de una coreografía de ballet. Logramos asó llegar a un promontorio rocoso y bastante ventoso, el cual, sin embargo, ofrecía una vista formidable al valle, y más allá, el volcán Planchón.  Esta sería la cumbre para al menos la mitad del equipo.

Almorzamos y descansamos, algunos abrazados para conservar el calor. Se decidió entonces que un grupo de avanzada seguiría subiendo para intentar el descenso por una ladera que requería más esfuerzo y algo de técnica.  El otro grupo, con menos energía,  comenzaría el descenso de inmediato, para encontrarse ya en la parte baja del valle.  La visibilidad era buena, y mediante las radios VHF, que cada uno llevaba, nos fuimos comunicando y así confirmando el avance y seguridad de cada grupo. Hubo , sin embargo, que enfrentar varios desafíos, como siempre asociados a las quebradas, pasos rocosos, laderas con demasiada inclinación, y el cambiante terreno que presentaba nieve muy honda y pesada en las laderas sur, y una costra delgada de hielo resbaladizo en las laderas norte.

Tras una buena dosis de esfuerzo, logramos reunirnos, como previsto, los dos grupos abajo en el valle y esquiar las suaves planicies de baja pendiente que nos llevarían sanos y salvos al refugio.

Nos esperaban nuestros anfitriones con una senda cazuela de gallina. Tan buena que algunos dijeron que era la mejor que habían comido en su vida.  La primera jornada había concluido con éxito, a pesar de ciertos percances menores. Pero habíamos logrado manejar los desafíos, resolver las dificultades y mantenernos dentro de un rango de riesgos controlado y adecuado para cada uno de los integrantes del equipo.

Dormimos como osos, no solo por lo profundo del sueño, sino que también por los ronquidos que al otro día algunos reprocharon.


El desayuno reponedor nos permitió salir con energías renovadas un poco más temprano. Pero esta vez el clima se presentaba con nubosidad media alta y una amenaza de una tormenta que llegaría después del mediodía. Las expectativas no eran tan altas como el día anterior.

Esta vez la ruta planeada salía directamente desde el refugio subiendo  hacia el Este, comenzando con pendientes suaves que fueron ganando inclinación progresivamente. Algunos miembros del equipo ya habían realizado este recorrido el año anterior y se sentían con la confianza necesaria. Luego de un buen rato de caminar cerro arriba con las pieles, dos miembros decidieron quedarse a disfrutar de la vista y no continuar, ya que las condiciones de visibilidad estaban difíciles debido a lo nublado, siendo difícil distinguir el relieve, lo que seguramente en la bajada sería aún peor. Luego, un tercer integrante se sumaría al grupo que se quedaría abajo, todos coordinados con las radios VHF.  El grupo de avanzada continuó ascendiendo, logrando llegar a un filo que permitía ver el siguiente valle hacia el Este, donde comprobaron que la tormenta no tardaría en llegar.  Luego de almorzar con esa vista maravillosa hacia el corazón de la cordillera de Los Andes, comenzaron el descenso con condiciones difíciles, siempre con el cuidado de rigor al escoger la ruta frente a potenciales avalanchas.

El primer grupo ya descansaba plácidamente en el refugio.  No habíamos sabido de nuestros compañeros en un rato. Los perros, callados, empiezan a mirar al cerro en búsqueda de algo. Hasta que el primer llamado por radio nos avisa de la caída de nuestro líder. Usando una antena extragrande (plegable), el grupo del refugio se va enterando de los detalles para elaborar una estrategia y llevar a cabo las maniobras de rescate. Al parecer se trataba de un esguince de rodilla, podía caminar, pero no esquiar, producto de la baja visibilidad por el día nublado.  Nos conseguimos un trineo-carretilla (una carretilla con equis) que tenían para acarrear leña en el refugio, y así, los más fuertes y jóvenes la subieron rápidamente, logrando bajar al paciente, que llega muy sonriente y sentado como un niño en esta improvisada camilla, ayudando a orientar la dirección del deslizamiento con un bastón en las manos a modo de remo o timón.

Por suerte, la lesión no parecía grave, pero, aun así, decidimos esa tarde bajar del refugio y regresar a la capital a revisar la lesión de nuestro compañero. Además, la tormenta ya comenzaba y,  la verdad, es que varios ya estábamos cansados luego de dos días intensos de esquí de montaña.  Un grupo de los más fuertes y entusiastas, decidió quedarse, pasar la tormenta en el refugio, y probar suerte con el clima del día siguiente.  Tuvieron una buena mañana de randonnée con nieve fresca.


Una semana después, y ya vestidos a la usanza urbana, nos reunimos nuevamente a compartir las impresiones de la salida a la montaña, compartiendo una copa de vino en casa del amigo lesionado, y con un diagnóstico de cuidado pero por suerte sin fracturas, que lo tendría sin esquiar por varios largos meses. Varios planes de futuras salidas fueron trazados, confirmando la fraternal amistad de esta banda de amigos ya maduros por la montaña.  

La experiencia sirvió para enfrentarnos a una situación de rescate en zonas remotas. Finalmente, el curso de primeros auxilios tuvo su forma de realizarse. De todas formas,  otro curso de avalanchas también fue propuesto. A la espera de la recuperación del líder, los secuaces tomarían la posta y los más entusiastas organizarían las próximas salidas de esta temporada, demostrando una extraordinaria resiliencia como equipo.

 

Gustavo Collados, Santiago, julio 2025.