Relatos

Comentario sobre el libro “Eberhard meier, El Joyero de las montañas”, de Álvaro Vivanco

Una cordada es fuerte y elegante cuando surge de una alquimia silenciosa y eficaz: los mensajes se transmiten a través de la cuerda misma, que se tensa y se relaja como la relación entre dos personas, sin que siempre sea imprescindible hablar.

Etienne Klein, Psychisme Ascensionnel

 

Hay libros que se escriben frente a una mesa. Otros se escriben caminando. Este libro pertenece a la segunda familia. Aunque sus páginas hayan sido ordenadas, traducidas, corregidas y compuestas en la quietud necesaria que otorga la ya mítica biblioteca de este club, su origen está en otra parte:  en quebradas  y valles largos,  en aproximaciones a caballo.

En rutas no directas, muchas veces a través de varios pasos de altura.

 

O en diapositivas proyectadas en una sala a obscuras.

En libretas pequeñas, con nuevos nombres de cerros,

En testimonios de cumbre, en papeles guardados durante décadas.

En conversaciones de club con varios que ya no están, y otros que aún persisten.  En archivos que esperaban ser abiertos.

 

Eberhard Meier, el joyero de las montañas, de Álvaro Vivanco, es mucho más que una biografía. Es una expedición. Pero no una expedición hacia una cumbre evidente, sino hacia una vida parcialmente dispersa en documentos, fotografías, relatos, traducciones y recuerdos.

Álvaro no pretende subir aquí una montaña de roca y hielo; esta es una montaña de memoria.

Y como ocurre en todo ascenso inspirador, el éxito no radica en llegar a la cima, sino en aprender a mirar desde otro lugar.

 

Eberhard Meier fue uno de los grandes nombres del andinismo chileno del siglo XX. Alemán de nacimiento, joyero de oficio, llegó a Chile en 1940 y encontró en la cordillera de los Andes una segunda patria, acaso la más íntima. En solo 20 años, realizó un sinfín de expediciones, abrió rutas, alcanzó cumbres vírgenes, exploró valles poco conocidos y dejó una huella profunda en el Club Alemán Andino. Sus compañeros lo recordaron como uno de los grandes.

Pero esa palabra, “grande”, conviene usarla con cuidado. Porque en Meier la grandeza no consiste solamente en la acumulación de pergaminos, ni en la altura de los cerros, ni en la lista de primeras ascensiones. Su grandeza se revela en la manera en que supo mirar la cordillera.

 

Quizás Meier miraba la montaña como un joyero mira una piedra. Un joyero sabe que el valor no siempre se manifiesta de inmediato. Hay que acercar la luz, girar la pieza, reconocer una veta, distinguir lo opaco de lo transparente, saber esperar el brillo. Del mismo modo, Meier no parece haber visto la cordillera como una simple sucesión de obstáculos, sino como un mundo lleno de detalles: una arista, una flor, una nube detenida sobre un portezuelo, una ladera en la estación precisa, una ruta que debía intentarse no cualquier día, sino cuando el cerro mostraba su rostro verdadero.

 

Por eso es tan revelador el recuerdo de “Heini” Schneider, amigo y compañero de cordada de Meier. En su última entrevista contaba sobre la pequeña libreta en la Meier tenía anotados los días del año y las excursiones que convenía hacer en cada uno de ellos. Subir El Roble, por ejemplo, entre el primero y el quince de mayo, cuando sus hojas se volvían rojas. Esa imagen de la “libretita” es tan preciosa como una joya: allí está todo Meier. No el conquistador apurado, no el deportista obsesionado con el récord, sino el hombre que entiende que cada montaña posee una hora, una estación, un color, una manera de revelarse.

En esa libreta, la montaña no era un objeto: era un calendario vivo.

 

Y tal vez por eso este libro llega en un momento tan oportuno. Vivimos una época que mide demasiado y mira demasiado poco. Registramos tiempos, desniveles, velocidades, rutas, pulsaciones. Queremos saber cuánto demoramos en subir, qué tan lejos llegamos, qué tan alto estuvimos. Pero a veces, en esa matemática del rendimiento, olvidamos lo esencial: la detención. Heini lo decía con una mezcla de melancolía y lucidez: algunos suben cada vez más rápido, pero no han visto ninguna planta, ninguna flor, ninguna cosa bonita que haya en la cordillera.

Esa frase podría ser un epígrafe secreto de este libro.

 

El Meier que Álvaro Vivanco reconstruye pertenece a otra montaña.Yo la llamaría “la montaña opuesta”. La montaña de la observación, del oficio, de la compañía, de la paciencia. De la belleza de lo inalcanzable.

Es una montaña que se cuenta, se transmite, se transforma en relato.

Una montaña cuyo valor se mide, finalmente,  por la forma en que se llegó a ella.

 

Porque las formas sí son relevantes, y sobre todo en esos años.
Pensemos en el explorador y sacerdote salesiano italiano Alberto de Agostini, quien , en diciembre de 1943, lograba la primera ascensión al monte San Lorenzo en la Patagonia, a los 60 años.

O en Augusto Grosse, no tan lejos de ahí, con su machete y su cámara de 8 mm, abriéndose paso por la Patagonia indómita.

O cuando, en 1955, el eximio explorador inglés y vencedor del Nanga Parbat, “Bill” Tilman, decide, a sus 57 años, venir a explorar los hielos patagónicos desde Inglaterra a bordo del velero Mischief, de 13 m de eslora. Lo hace acompañado por un joven apicultor y bailarín llamado Jorge Quinteros.

Hay que elegir bien a las cordadas, tal como lo hace su antiguo compañero Eric Shipton, quien por esos años también recorre los hielos patagónicos. Este elige como socios a unos jóvenes locos chilenos que cruza a bordo de un zodiac en medio del lago de regreso de su intento al Lautaro, y cuyos nombres también forman parte de esta cofradía: Eduardo García y Cedomir Marangunic.

Ese es el universo de Meier.

 

Y me atrevo a afirmar que aquí, justamente, se da la gran conexión entre Eberhard Meier y Álvaro Vivanco. A primera vista, uno podría decir que Álvaro es el autor y Meier el sujeto de su libro. Pero esa fórmula es de rápida lectura. Hay entre ellos conexiones más profundas.

Meier salía, observaba, fotografiaba, escribía, clasificaba, proyectaba diaporamas, transmitía. Vivanco, décadas después, sale también, observa también, lee también, traduce, ordena, compara, reconstruye y transmite, ya sea por Andeshandbok o en el club. Uno abre rutas en la cordillera; el otro las vuelve a recorrer en el archivo y en el terreno. Uno deja huellas sobre la nieve, la roca y el papel; el otro sigue esas huellas hasta volverlas legibles para nosotros.

 

En cierto modo, aquí se nos presenta una interesante paradoja. Mientras Meier se entrega a “la aspiración por el movimiento vertical de las cimas” —en palabras de Gaston Bachelard—,  Álvaro desciende a la profundidad de los archivos en busca de la mirada del montañista. Y eso es tan difícil como escalar una canaleta de hielo con una piedra que bloquea el paso. Porque los datos pueden enumerarse, la mirada, en cambio, debe ser comprendida.

 

El libro se sostiene en una tensión que atraviesa muchas vidas de montaña: la oposición entre la ciudad y la cordillera. Santiago aparece, para Meier, como un lugar de regreso necesario pero insuficiente; un mundo gris de rutinas, calles, habitaciones y silencios. La montaña, en cambio, aparece como una zona de verdad. No porque allí la vida sea más fácil, sino porque allí se vuelve más esencial. En la ciudad se vive entre papeles, relojes, obligaciones y máscaras. En la montaña, en cambio, cada gesto recupera su peso: caminar, respirar, esperar, abrigarse, compartir una carpa, calcular una pendiente, mirar el cielo, decidir si seguir o volver.

 

Si la ciudad administra el tiempo, la montaña lo espesa.

Esa oposición no debe entenderse de manera simple. No se trata de afirmar que la ciudad es falsa y la montaña verdadera. Se trata más bien de reconocer que, para algunas personas, la montaña les permite escuchar algo que la ciudad cubre con ruido y Meier parece haber sido una de esas personas. Su vida urbana —su oficio de joyero, su reserva, su condición de extranjero, su soledad— encuentra en la cordillera una suerte de expansión interior. En la montaña, el joyero deja de trabajar con piedras preciosas y comienza a descubrir que la piedra preciosa era, tal vez, el mundo mismo.

 

La historia de Meier también tiene una dimensión trágica. Después de un accidente en Suiza, pierde un pie y ya no puede realizar grandes ascensiones como antes. Para otro tipo de montañista, aquello habría supuesto una expulsión definitiva del mundo amado.

Pero en Meier ocurre algo distinto: la mirada cambia de escala. Ya no se dirige solamente hacia las cumbres mayores, sino hacia las flores, las plantas, las montañas menores, las formas discretas de la naturaleza. Es como si la cordillera, al cerrarle una puerta, le hubiera abierto otra: la de lo pequeño.

 

Y ese desplazamiento es conmovedor. Porque revela que Meier no amaba la montaña solo por la cumbre. Si hubiera amado únicamente la victoria, el accidente lo habría vencido. Pero como también amaba la luz, la flora, los contornos, las estaciones, las imágenes, pudo seguir perteneciendo a ella. Dejó de subir de cierta manera, pero no dejó de mirar.

 

Aquí hay una lección profunda, casi filosófica. La montaña no existe solo arriba. No está solo en la cumbre, ni en la arista final, ni en la fotografía heroica. La montaña también está abajo, en el valle, en la aproximación, en el descanso, en la flor diminuta que obliga a inclinarse, en la conversación de regreso, en el archivo que alguien decide no botar, en la traducción paciente de una frase escrita en alemán hace setenta años. La montaña es una materia geográfica, pero también una materia moral.

 

Por eso el trabajo de Álvaro es tan importante. Porque rescatar a Meier no significa solo rescatar un nombre. Significa rescatar una forma de conectar con la naturaleza. Y esa manera, hoy, resulta urgente. Frente a una montaña convertida a veces en consumo, espectáculo o rendimiento, este libro devuelve una montaña más lenta, más culta, más atenta. Una montaña donde el andinista no es solo quien vence una dificultad, sino quien aprende a entrar en relación con un territorio. Sin héroes.

 

Finalmente, este libro también es una forma de camaradería diferida. Meier caminó con Wolfgang Förster, Ludwig Krahl, “Heini” Schneider y tantos otros compañeros. Álvaro camina con ellos de otro modo: a través de sus relatos, fotografías y testimonios.

 

La cordada ya no avanza sobre un glaciar, sino sobre una serie de documentos. Pero la lógica es similar: nadie sube solo. Incluso en el archivo, alguien nos asegura desde atrás, alguien nos entrega una cuerda, alguien nos dice por dónde conviene seguir.

 

Y así el autor rinde su homenaje, tal como lo hicieron en el ‘52 con la expedición de la ruta Gusfeldt al Aconcagua. Meier fue un importante promotor de los diaporamas de naturaleza en Chile: proyectaba sus imágenes para que otros pudieran ver lo que él había visto. Hoy Álvaro hace algo parecido con este libro. Toma esas imágenes, esos relatos, esos reportes, esas glosas, y los vuelve a proyectar ante nosotros. El libro es, de algún modo, un nuevo diaporama. No uno hecho de luz sobre una tela, sino de palabras sobre papel. Pero el gesto es el mismo: compartir la montaña.

 

Tal vez todo gran libro de montaña sea eso: una forma de devolver lo visto.

Eberhard Meier fue un joyero de las montañas porque supo reconocer en ellas un valor que no se agota en la altura. Álvaro Vivanco lo es, a su manera, porque supo reconocer en el archivo de Meier una piedra todavía luminosa.

La tomó entre las manos, la limpió del polvo, la giró hacia la luz, y nos la entrega ahora para que también nosotros podamos ver.

 

Y quizás esa sea la mayor virtud de este libro: no solo nos cuenta quién fue Eberhard Meier. Nos obliga a preguntarnos cómo estamos yendo a la montaña.

¿La estamos escuchando? ¿La estamos contando? ¿Todavía somos capaces de detenernos ante una flor?

 

Lo más probable es que seamos de aquellos que, como bien dice Meier,  “en raras ocasiones se nos ve por los caminos más concurridos”.

Nuestra cumbre comienza mucho antes: en el deseo de salir adonde yace el llamado silencioso de otro mundo.

Philippe Boisier E.
Santiago, Julio 2026