21/7/2026
Hay una dualidad que atraviesa esta biografía de Eberhard Meier. El título de este libro investigado, traducido y escrito por Alvaro Vivanco ya nos hace inferir esa ambivalencia: “El joyero de las montañas”. Porque ¿qué relación tiene la joyería, ese arte de engalanar a un otro a partir de la manufactura de pequeñas piedras preciosas, de enaltecer el sentido del gusto y el goce estético humano, con la audacia y tenacidad brutal que requiere ascender grandes cumbres como las de la cordillera de los Andes?
Diremos que poco y mucho en común.
Podríamos pensar en el encanto de lo mineral que surge de las entrañas de la cordillera, transformando piedras en bruto a una joya que conquista a un otro amado. O podríamos pensar también que la estampa y elegancia que representa un vendedor de joyas calza con la personalidad minuciosa y detallista de alguien que debe enfrentar la logística y planificación de un primer ascenso a una cumbre inexplorada, en donde -como una obra de orfebrería- los cabos sueltos o inacabados son inadmisibles para asegurar el éxito del proyecto.
Pero más que encontrar semejanzas, Eberhard Meier parecía experimentar su oficio de joyero como esa necesaria exigencia que le abriría puertas a la libertad de subir montañas, una sobrevivencia del cotidiano, de la rutina y las exigencias banales que todo humano promedio deben enfrentar por el mero hecho de ser parte de una sociedad.
Como bien rotula Álvaro Vivanco en este libro, en los diversos testimonios de cumbre y reflexiones de Meier en torno a los Andes Centrales, ir arriba era una forma física y también metafórica de capturar la luz que el explorador solo encontraba en la alta montaña. Esa nitidez y claridad que se volvió cada vez más necesaria para bajar a resistir el mundo de lo mundano; el de los trajes de vendedor, el de atender a los clientes en la joyería, lo que Meier denominó como las máscaras impuestas para funcionar en un mundo que no parecía interesarle en absoluto. Eso era todo. Traer algo de luz al mundo gris de la rutina, hasta que esta se volviera nuevamente insoportable, y ahí, volver a planificar una nueva expedición con sus compañeros de ruta.
Este ímpetu necesario y existencial por subir cerros como una forma de sobrevivencia a la rutina o por qué no, una forma de escape, la hemos leído y observado en diversas manifestaciones estéticas y culturales; es un tema universal que encontró un espacio sumamente relevante en el Romanticismo alemán y en la búsqueda de lo sublime, movimiento que impulsó este espíritu a fines del siglo XIX en occidente.
Una revista Andina del año 1932 recoge esa búsqueda por el encuentro puro y de superación física y espiritual con la naturaleza. En uno de los artículos aparece un fragmento del Fausto de Goethe en alemán, que acompaña una imagen en blanco y negro de la erupción del volcán Quizapú durante ese mismo año, una de las más violentas del siglo XX. Ahí aparece un diálogo situado en la “alta montaña”, en donde Fausto y Mefistófeles discuten acerca del origen de las cordilleras. Mientras el demonio Mefistófeles apela a energías de Satanás para argumentar con la lava y el azufre los orígenes malignos de los volcanes, Fausto no admite mitos de ningún tipo para explicar la brutalidad con que se le presenta la naturaleza. “La masa montañosa permanece para mí noble y silenciosa. No pregunto de dónde procede ni por qué”, leemos.
Para Fausto, es el encuentro íntimo y privado con la cordillera lo que le importa y lo cautiva. No hay más que eso. No hay más sentido ni explicaciones. El origen de las cordilleras y el encuentro con la naturaleza verdadera es así de simple, profundo y brutal.
Ese parecía ser también para Meier y muchos compatriotas de su época el significado de subir a la montaña y de encontrarse frente a frente con la pureza de las altas cumbres.
El problema de alejarse de lo mundano es que después de cada cumbre, viene un descenso. Una frase con ese espíritu recoge este libro, al momento de retratar lo que generaba en Eberhard Meier volver de cada expedición. Vivanco recoge una cita del existencialista Albert Camus para señalar ese ánimo: “el verdadero horror de la existencia no es el miedo a la muerte, sino el miedo a la vida”.
Pero a pesar del “mutismo” -como Meier expresaba en sus textos- que le provocaba retornar a la ciudad, él fue generoso en ese conocimiento adquirido allá arriba, comunicando sus experiencias en cientos de relatos con el resto de la humanidad.
Como en estos pasajes del libro, donde resuena la ambivalencia que hace tan atractivo este escrito: Así describe su experiencia en el cerro Retumbadero: “Ahora nos sentimos completamente en nuestro elemento, las pequeñas preocupaciones diarias han quedado abajo en el valle, acá arriba se ensanchan el corazón y los pulmones para sacar nuevas fuerzas”.
O en los Picos del Barroso en 1948: “Allá arriba se nos permitió experimentar aquella tranquilidad contemplativa que hoy en día ya casi no se conoce y que, sin embargo, es tan necesario para recuperar el equilibrio mental”
Y luego, sus memorias en el Nevado del Plomo, tras lograr el segundo ascenso en 1950: “Qué pequeños nos sentimos en este abrumador paisaje de montañas y, sin embargo, se mezcla en estos pensamientos un sentimiento de satisfacción por ser nosotros los segundos tras tantos años que pueden estar acá arriba”. Y el cierre: “que abundancia de experiencias trajimos a casa y cuánto brillo del sol para iluminar nuestros días grises.”
Recuerdo algunos reportajes que escribí unos años atrás, donde tuve la oportunidad de conversar con otros pioneros del montañismo de los Andes Centrales, también socios del DAV, como Kurt Claussen, Ulrich Lober y los hermanos Stehr. En la casa de Lober, mientras me mostraba fotos de expediciones realizadas con el DAV Valparaíso, recuerdo muy bien que me contaba que salir a caminar a los cerros de Recreo y de la cordillera de la Costa era también una forma de apaciguar los pensamientos difíciles en una época en donde muchos familiares y compatriotas alemanes estaban sufriendo la derrota, el hambre y la humillación post segunda guerra mundial. Como Meier y sus cordadas, más que buscar transformarse en deportistas de elite o ser reconocidos por grandes records, estos alemanes comprendieron el montañismo como una forma de superación personal, acaso como una manera de sobrebibir a la pesadilla e incertidumbre de estar lejos de quienes peor lo estaban pasando.
El libro también lo retrata así: “la tarea de subir un cerro no se cumplía simplemente a través del uso de las fuerzas físicas por todos conocidas. Había algo más que la lucha entre fuerzas mecánicas por subir. Era una batalla espiritual por vencerse a uno mismo y olvidarse de los sufrimientos corporales para así poder seguir avanzando”.
Ir al frio de los glaciares con apenas el equipamiento y vestuario que contamos hoy en día, acceder a montañas desconocidas cuando apenas había mapas y los arrieros eran los únicos que manejaban cierta informacion de las rutas y de los puntos de agua, fue, para muchos de ellos, tal vez, lo más cercano a empatizar con el dolor de sus compatriotas alemanes.
No es ánimo de este texto analizar a los pioneros que hicieron historia en el montañismo. Pero sí me llama la atención que detrás de todas estas hazañas exista tanto dolor y sufrimiento existencial. Me hace preguntarme, también -tal vez porque estoy en un momento de hacer nido, de calor y de cuidados, que es lo opuesto a exponerse al riesgo de lo exterior y lo desconocido – si para ser un gran montañista es necesaria esta condición. Como las vidas atormentadas de artistas cuyas biografías tremendas luego disfrutamos en películas y libros, revelándonos que gracias al tormento, a la pesadilla experimentada en vida, que ellos y ellas fueron capaces de crear tan altas obras de la humanidad.
Meier supo encontrar arte, belleza y redención en las montañas de un país que siendo ajeno lo hizo suyo hasta la muerte, y dejó como legado 20 años de testimonio de algunas de las cumbres más relevantes de la cordillera andina, con 66 cumbres alcanzadas y 16 primeros ascensos, marcando un precedente para los futuros montañistas que volverían a esos mismos valles y cumbres, y una inspiración para nosotros, socios del DAV y amantes de la muchas veces incomprendida e inutil conquista de la cordillera, que hoy podemos leer gracias a la traducción, investigación e imaginación de Alvaro Vivanco.
Para Meier la montaña fue una herramienta de resiliencia. Con la grave caída que tuvo en un glaciar de los Alpes suizos, donde terminó con un pie amputado, supo reinventar su pasión por las montañas. Desde entonces, bajó la mirada de los colosos glaciares y penitentes para enfocarse en el registro de lo minúsculo: flores, estambres, insectos y aves con su cámara fotográfica, maravillandose con esa otra joyería de los valles precordilleranos.
Así escribe: “La verdadera flor del cactus aparece en noviembre, por lo que vale la pena realizar una caminata a la cordillera en esta época cuando todos los cactus están engalanados con una o más de ellas. Así deberíamos olvidar nuestras preocupaciones del día a día, por lo menos, por unas pocas horas mientras estamos afuera al aire libre recibiendo el regalo de estas maravillas”.
La biografía de Meier tiene la estructura de una tragedia griega, y los valles cordilleranos fueron la antesala a su epitafio. Como bien narra este libro, durante una excursión a la precordillera de Limarí, tras solicitar a unos campesinos un lugar donde instalar su carpa para pasar la noche, estos lo amedrentan mientras dormía. Totalmente indefenso, lo matan a golpes, le roban el auto y lo lanzan a una fosa común, de la que solo sería identificado semanas más tarde gracias al hallazgo de la prótesis de su pie amputado.
Meier no tendría que vivir más con la angustia e incertidumbre de lo que iba a pasar en el futuro. Ni la sentencia de regresar a la ciudad para responder a las máscaras impuestas por la sociedad. El silencio de la muerte lo asalta en la cordillera donde fue, una y otra vez, a buscar la luz.
1. Ver publicación digitalizada en https://dav.cl/revista/revista-andina-1932-heft-2/
2. Ver Las montañas sin nombre de Chile publicado en Revista Domingo (2019) http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=550169 y Viaje a los orígenes del montañismo en Chile, publicado en Revista Ya Colección (2018) http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=499963 escritos por Paula López W.